El 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya que trasladaba al equipo de rugby Old Christians se estrelló en plena Cordillera de los Andes. El impacto fue devastador: 29 personas murieron y 16 lograron sobrevivir durante 72 días en condiciones extremas. Aquella experiencia, conocida mundialmente como el Milagro de los Andes, se transformó en uno de los relatos de supervivencia más conmovedores del siglo XX.
Más de cinco décadas después, los sobrevivientes continúan reuniéndose. Comparten asados, recuerdos y reflexiones sobre una vivencia que marcó sus vidas para siempre. Roberto Canessa, uno de los jóvenes que caminó durante diez días en busca de ayuda, suele resumir el aprendizaje con una frase que repite en charlas y encuentros: “Todos tenemos una cordillera en la vida; lo importante es no quedarse paralizado”.
La decisión de salir a buscar ayuda
Tras semanas sin ser localizados, las autoridades dieron por terminada la búsqueda. Los sobrevivientes se enteraron de esa noticia a través de una radio que encontraron entre los restos del avión. Fue entonces cuando tomaron una decisión crucial: avanzar a pie hacia Chile. No esperaron el rescate, fueron ellos quienes lo buscaron.
Luego de una travesía agotadora, Canessa y Fernando Parrado lograron llegar hasta el arriero chileno Sergio Catalán, quien se convirtió en el primer contacto con el mundo exterior. “No nos encontraron: nosotros salimos a buscarlos”, recordó Carlos Páez Rodríguez al rememorar aquel encuentro y el histórico grito de esperanza: “¡Mañana, mañana!”.
El impacto, la montaña y las decisiones extremas
El accidente ocurrió cuando el avión Fairchild impactó contra la cordillera, se fragmentó y se deslizó más de 700 metros hasta detenerse en un glaciar. Rodeados de nieve, frío extremo y sin recursos, los sobrevivientes enfrentaron decisiones límite. La falta total de alimentos los llevó a debatir y asumir una resolución extrema: alimentarse de los cuerpos de quienes habían fallecido.
El debate ético, atravesado por la fe y la necesidad de sobrevivir, fue constante. Las provisiones eran mínimas: pequeñas barras de chocolate, algunas latas y frutos secos. Parrado recordó haber sobrevivido varios días con apenas un maní cubierto de chocolate. Cada decisión estuvo marcada por la urgencia de seguir con vida.
Fe, resiliencia y legado
La espiritualidad fue un sostén clave. Páez Rodríguez recordó una frase de San Francisco de Asís que lo acompañó durante aquellos días: “Empieza haciendo lo necesario, luego lo posible, y terminarás haciendo lo imposible”. Incluso el Papa Pablo VI envió un mensaje que reforzó esa idea: “Dios puso al hombre en la Tierra para vivir, no para morir”.
Del testimonio al cine
La historia volvió a cobrar fuerza con la película La sociedad de la nieve, dirigida por Juan Antonio Bayona. Canessa, tras ver un adelanto, destacó la obsesión del director por el realismo y la fidelidad histórica, con una frase tan cruda como afectuosa que se volvió viral.
Hoy, el Milagro de los Andes sigue siendo contado no como un relato de horror, sino como una lección sobre la vida, la solidaridad y la resistencia humana. Como suele decir Páez Rodríguez en sus charlas: nadie pregunta por la antropofagia, todos preguntan cómo hicieron para seguir adelante. Y esa, quizá, sea la clave de una historia que no deja de interpelar a nuevas generaciones.
