El 13 de enero de 2006 no fue un día cualquiera en San Isidro. Mientras el sol de la tarde iluminaba las mansiones de Acassuso, Fernando Araujo dio la señal final para ejecutar uno de los robos más audaces de la historia criminal argentina. Artista plástico y profesor de jiu-jitsu, Araujo no se veía a sí mismo como un delincuente común, sino como el autor de una obra cuidadosamente planificada.
A las 12:20, un grupo de hombres armados ingresó a la sucursal del Banco Río, ubicada en la intersección de Perú y Avenida del Libertador. La reacción policial fue inmediata: más de 300 efectivos, francotiradores del Grupo Halcón y patrulleros rodearon la manzana. El país siguió el operativo en vivo por televisión.
Dentro del banco, la banda montó una puesta en escena calculada. Luis Mario Vitette Sellanes, apodado “el Hombre del Traje Gris”, asumió el rol de negociador. Con un discurso calmo y provocador, pidió pizzas, gaseosas y mantuvo extensos diálogos con la policía, mientras en el subsuelo se desarrollaba la verdadera operación.
Mientras Vitette distraía a las fuerzas de seguridad, Araujo y el resto del grupo -Sebastián García Bolster, el “Ingeniero”, y Rubén Alberto De la Torre- ejecutaban la fase final de un plan diseñado durante meses. No estaban excavando: ya habían construido un túnel de 18 metros que conectaba el banco con el sistema de desagües pluviales de la ciudad.
La complejidad técnica del plan fue clave. La banda levantó manualmente el nivel del agua en los túneles para poder navegar, utilizó gomones inflables con motores adaptados para reducir el ruido y empleó una herramienta hidráulica creada por Bolster, conocida como “la Poderosa”, que permitía abrir cajas de seguridad en segundos sin explosivos.

Pasadas las 16, mientras la policía creía estar cerca de una rendición, los delincuentes descendieron por un boquete oculto detrás de un armario. Cargaron cerca de 80 kilos de joyas y una suma millonaria en dólares, y escaparon por los túneles pluviales rumbo al Río de la Plata. En un punto preciso del recorrido, una camioneta los esperaba con un acceso preparado para completar la huida.
Cuando el Grupo Halcón irrumpió finalmente en la sucursal, el banco estaba vacío. Los 23 rehenes habían sido liberados ilesos y las armas abandonadas resultaron ser de utilería.
El plan fue casi perfecto. La caída de la banda no se produjo por errores técnicos ni por pruebas forenses, sino por una traición. Meses después, Alicia Di Tullio, pareja de De la Torre, los denunció tras descubrir que su marido planeaba huir a Paraguay con su parte del botín y una amante.
Se estima que el robo superó los 18 millones de dólares, aunque la Justicia solo logró recuperar alrededor de un millón. El resto del dinero nunca apareció.
Hoy, todos los integrantes de la banda cumplieron sus condenas o recuperaron la libertad por beneficios procesales. Algunos viven de la notoriedad del caso, brindan entrevistas o asesoran producciones audiovisuales sobre el golpe que los hizo famosos.
El Banco Río de Acassuso ya no existe, pero el mito del grupo que escapó por debajo de la ciudad, burlando a cientos de policías sin disparar un solo tiro real, sigue siendo uno de los episodios más fascinantes y enigmáticos de la criminología argentina.
