Lejos de los mensajes románticos que prometen segundas oportunidades sin riesgos, el médico y conferencista Mario Alonso Puig plantea una mirada prudente —y a veces incómoda— sobre el amor en la madurez. Según advierte, enamorarse después de los 60 no es imposible ni indeseable, pero sí exige más conciencia, límites claros y una cuota extra de lucidez para evitar decisiones que pueden tener consecuencias graves.
Puig suele usar una imagen contundente para describir esta etapa: compara el enamoramiento tardío con caminar por un campo minado sin protección. No porque el amor sea negativo, aclara, sino porque confluyen factores emocionales y vitales que vuelven a la persona más vulnerable que en otras etapas de la vida.
El riesgo invisible: soledad, duelo y urgencia
Uno de los principales peligros es la soledad. A diferencia de la juventud, después de los 60 muchas personas enfrentan rutinas solitarias, círculos sociales reducidos y la ausencia de una pareja con quien compartir lo cotidiano. En ese contexto, Puig advierte que es fácil confundir la necesidad de compañía con amor genuino, idealizando al otro e ignorando señales que antes serían evidentes.
Otro factor clave es el duelo no resuelto. Ya sea por una separación o por la muerte de la pareja anterior, no haber elaborado esa pérdida puede derivar en vínculos desequilibrados: dependencia emocional, comparaciones constantes o incluso sabotaje inconsciente de relaciones que funcionan.
A esto se suma la urgencia. La conciencia del tiempo que pasa —y de su finitud— puede empujar a decisiones apresuradas: convivencias tempranas, cambios patrimoniales, ventas de propiedades o modificaciones en testamentos. Para Puig, esta prisa es una aliada frecuente de la manipulación y un enemigo directo del criterio.
Cinco señales de alerta que no conviene ignorar
El especialista identifica cinco banderas rojas que merecen atención inmediata:
Aislamiento progresivo: cuando la nueva pareja, de manera directa o sutil, comienza a alejar a la persona de sus hijos, amigos o actividades.
Apuro económico: pedidos de dinero, inversiones conjuntas tempranas o presión para mezclar finanzas.
Incoherencia entre palabras y acciones: discursos amorosos que no se reflejan en hechos concretos.
Historial afectivo conflictivo: exparejas siempre “culpables” y un relato constante de victimización.
Cambios bruscos de conducta: actitudes cariñosas iniciales que dan paso a control, críticas o maltrato.
Para Puig, cualquiera de estas señales amerita frenar y reevaluar la relación.
Reglas básicas para enamorarse con cuidado
Entre sus recomendaciones centrales aparece una regla clara: no tomar decisiones importantes durante el primer año de relación. Mudarse juntos, compartir dinero o modificar disposiciones legales debería esperar hasta conocer a la otra persona en diferentes situaciones de la vida real.
También insiste en no aislarse emocionalmente. Mantener vínculos con familia y amigos funciona como un sistema de alerta temprana ante comportamientos problemáticos que el enamoramiento puede ocultar.
En el plano patrimonial, es categórico: cuidar los bienes no es desconfianza, sino responsabilidad. Finanzas separadas, acuerdos claros y asesoramiento profesional son herramientas de protección, no obstáculos para el amor.
Familia, salud mental y convivencia
Puig reconoce que los conflictos con los hijos suelen aparecer cuando surge una nueva pareja. Recomienda escuchar sus preocupaciones sin permitir que controlen la vida personal, pero establece una línea roja: nadie que valga la pena debería forzar una ruptura entre padres e hijos.
También llama a prestar atención a problemas de salud mental o adicciones. El amor —advierte— no cura depresiones ni reemplaza tratamientos. Ignorar estos aspectos puede convertir la relación en una carga difícil de sostener.
Si la convivencia aparece como opción, propone discutir de antemano rutinas, espacios personales, expectativas de cuidado ante una enfermedad y cuestiones prácticas que suelen subestimarse.
Amor sí, pero desde la plenitud
Para Mario Alonso Puig, la clave no es evitar el amor, sino cambiar el punto de partida. Enamorarse desde el miedo a la soledad conduce a aceptar lo inaceptable. En cambio, hacerlo desde una vida ya construida —con afectos, proyectos y sentido propio— permite elegir con mayor libertad.
“El amor maduro existe”, sostiene, pero no se apoya en la necesidad sino en la elección consciente. Y concluye con una idea que atraviesa toda su mirada: después de los 60, cualquier relación debería sumar paz, dignidad y bienestar. Si no lo hace, estar solo puede ser una opción más saludable.
