Los chicos frente a las cámaras: cuando la emoción deja de ser íntima y pasa a ser contenido

Sociedad

El debate sobre el uso de imágenes de niños en redes volvió a encenderse luego de que se viralizara un video donde una nena de dos años mira, por primera vez, la escena más triste de El Rey León. Su reacción inocente y angustiada recorrió millones de pantallas en cuestión de horas. Lo que podría haber sido un momento íntimo entre una hija y su padre terminó convertido en material de consumo masivo.

En el video —grabado por su propio padre— se ve a la pequeña hipnotizada frente a la tragedia de Mufasa. Pregunta, se ilusiona, intenta comprender. La escena avanza, la emoción crece y, cuando finalmente rompe en llanto, la grabación se corta. Recién ahí el adulto deja el celular para consolarla.
Esta decisión, que para muchos pasó inadvertida, es el núcleo de la discusión: ¿en qué momento la reacción emocional de un niño se volvió un producto para viralizar?

En la explicación que la madre dio a medios internacionales, contó que el padre decidió filmarla al notar que estaba “muy concentrada” en la película. Esa frase expone una lógica instalada: si el niño está viviendo algo intenso, entonces vale la pena grabarlo. Lo íntimo deja de serlo. Lo emocional se convierte en contenido.

El fenómeno no es nuevo. Desde hace años existe un término para esta dinámica: sharenting, la práctica de padres que comparten fotos o videos de sus hijos sin reparar en el impacto futuro. Psicólogos, abogados y especialistas en infancia vienen advirtiendo que estas imágenes pueden dejar una huella digital permanente incluso antes de que un chico pronuncie su primera frase completa. Hay riesgos concretos: exposición innecesaria, pérdida de privacidad, usos indebidos del material o simple incomodidad futura.

Pero más allá de los riesgos digitales, existe otro punto menos técnico y más humano: cuando el teléfono entra en escena, suele salir el abrazo. Filmar reemplaza acompañar. La emoción del niño deja de ser prioridad para transformarse en “un momento tierno” para redes.

La discusión no apunta a demonizar a los padres, sino a recuperar una pregunta básica que parece haberse diluido en la cultura del contenido permanente: ¿a quién pertenece la emoción de un niño? ¿A su familia o al algoritmo?

Tal vez sea momento de recuperar algo que existía antes de que las cámaras estuvieran en todos lados: guardar ciertos instantes para uno. Entender que la tristeza, el miedo o la sorpresa también son parte del crecimiento y que, en esos momentos, lo más valioso no es el registro, sino la presencia.

Las redes pueden esperar. Un abrazo, no.

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